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Hostel con dos chicas III

  • Foto del escritor: Daddy Dominant
    Daddy Dominant
  • 1 mar 2020
  • 17 min de lectura

Carlota y Laura se humillan entre ellas frente a la cámara del móvil


—Abre la boca —le ordeno.

Se la empujo contra los labios. Cede a los pocos intentos, tan pronto que cuesta creer que sigue molesta. Tiene la mandíbula casi desencajada y traga lentamente, aceptando cada centímetro que le empujo garganta abajo. Se le nota la práctica, estoy seguro que se ha comido pollas más grandes que la mía.

Quiero que lo pase mal y ver su cara al atragantarse.

—Carlota, enciende la luz.

Laura aprieta los párpados, tiene el ceño fruncido y me pide que me detenga haciendo ruido, como si estuviera amordazada. Pone las manos en mis muslos, empujándome. Pero no puede conmigo. Al cabo de unos segundos comienzan las arcadas. Resopla con la cara encendida. Nunca antes he visto a una chica tan morena ponerse así de roja.

—¿Qué pasa? —me río—. ¿Ya no puedes más?

Termino el recorrido metiéndosela hasta la base, con mis huevos contra su barbilla. Gruñe, patalea y me da palmadas. Sufre, suplica, se rinde. Se la saco rodeada de babas densas. Pega una bocanada de aire, tose. Antes de que pueda recriminarme lo que he hecho, vuelvo a metérsela.

Ahora la muevo, me follo su cráneo.

Carlota disfruta de la escena, se ha sentado en su litera y observa embobada. Se ha tapado con la sábana para que no veamos cómo se masturba. Pero es obvio que lo está haciendo por la forma en que mueve el brazo. Se detiene en cuanto descubre que me he dado cuenta.

—Ven —le digo, deshaciéndome de la boca de Laura.

Acude como una perra adiestrada. Pero es tan insegura y tiene tan poca iniciativa que se queda ahí, esperando que le diga lo que tiene que hacer.

—¿A qué esperas? —le digo—. Chúpamela tú también.

—¿Te la tenemos que chupar las dos? —se ríe nerviosa.

—Creo que prefiero tu boca. Ven, quiero comprobarlo.

Agarro a Carlota del codo y tiro de ella. Se apoya en la litera, doblándose hacia adelante por encima de Laura, quien, por la forma en que la he inmovilizado, con mis rodillas a ambos lados de su cuerpo, no puede evitar que los enormes pechos de Carlota le cuelguen sobre la cara. Carlota comienza a mamármela y le levanto la camiseta, enrollándosela detrás del cuello.

—Cómele las tetas —le digo a Laura.

Pongo una mano en la espalda de Carlota para que la arquee, corrigiendo su posición de modo que pueda seguir chupándomela mientras la otra le lame los pezones. Porque sí, lo hace, y sin rechistar, probablemente porque sabe que la otra opción es que vuelva a metérsela hasta la tráquea.

Carlota jadea, entregada a los mordiscos y chupetones de Laura, que estira el cuello, afanosa. Verlas una sobre la otra es un espectáculo curioso. Son como la noche y el día. Ante la palidez blanda de Carlota, Laura destaca por morena y delgada. Tiene los pechos pequeños, puntiagudos, de pezones marrones. Parecen más oscuros porque los de Carlota son rosados. También me fijo en cómo contrasta el color de su cabello, rubio y liso el de una, negro y ensortijado el de la otra. Carlota tiene una cara redondita de niña mientras que Laura, que es menor que ella, la tiene afilada, de rasgos más maduros.

Tengo que ver si también son distintos sus coños.

Me quito de encima de Laura para situarme entre sus piernas. Carlota me mira de una forma extraña, como si supiera lo que voy a hacer y eso la excitara y la pusiera celosa al mismo tiempo. Deslizo mi mano por su muslo, cada vez más cerca de su coño. Siento lo caliente que está incluso a través de la tela. Presiono hacia arriba, a lo que responde frotándose contra mis dedos.

—Quítate eso —le digo, bajándole un poco los pantalones.

Acaba de hacerlo ella sola, con prisas, impaciente. Hago que se sitúe de modo que pueda masturbarla mientras procedo a penetrar a Laura, quien también colabora quitándose el pijama y las bragas.

Sabía que no lo tenía depilado. Pero no imaginaba encontrarlo así, bajo una mata densa de vello rizado y áspero. Tiro del vello hacia arriba con una mano para verle la entrada, de labios oscuros y arrugados.

—A ver si te arreglas el coño, sucia puta —le digo, hundiendo el glande sin ningún esfuerzo, por lo mojada que está—. Tenías ganas de polla, ¿eh?

—Más ganas tienes tú de metérmela —replica, a pesar de todo.

—Solo para ver la cara de mierda que pones cuando te corras. —Paso una mano por su bajo vientre, donde se intuye una línea finísima de vello que nace en su pubis y desaparece a medida que se acerca a su ombligo—. Debería darte vergüenza que una virgen lo tenga más arreglado que tú.

Hundo el pulgar en la mata de rizos y busco su clítoris, oculto también por los labios carnosos. Vuelvo a tensarlo tirando hacia arriba, despejándolo, y asoma hinchado, brillante, entre los pliegues del capuchón. Acaricio suavemente, más concentrado en estimularla por fuera que por dentro.

Laura dibuja círculos contrarios al movimiento de mi dedo, forzándose el orgasmo. Siento todas las paredes de su coño latiéndome en la polla.

—¿Intentas correrte? —pregunto con malicia.

Comienzo a moverme, lo que la desconcentra. Jadea, irritada. Pero no se queja. Acepta mis embestidas conteniendo los gemidos.

—Vamos, quiero oírte, puta.

Se la meto hasta el fondo, rápido y duro, tan duro como puedo. Ahora, por fin, consigo que gima y se revuelva. Dobla el cuello, se sacude el cabello de la cara, evita las tetas de Carlota, que aún cuelgan frente a ella. Carlota ya no recibe atenciones de nadie, ni Laura le chupa los pechos ni yo la masturbo, así que lo hace ella sola. Se introduce dos dedos, a horcajadas.

—¿Tú también piensas que tu coño es más bonito? —le pregunto.

—¿Cómo…? —Carlota deja de mover los dedos, me mira y después baja la vista al arbusto negro de Laura—. Ah, no sé. Pero te da igual, ¿no? Te la estás follando igual…

—A mí me gusta más tu coño —le digo.

—Gracias —murmura, orgullosa y tímida, como si nunca hubiera recibido un halago antes.

—¿Crees que su coño da asco?

Siento que Laura se contrae como respuesta. Pero guarda silencio.

—¿Asco? —duda Carlota, riéndose, meditándolo—. Bueno, no sé, ¿tú?

—A mí me da asco. Pero a Laura le pone cachonda eso, ¿verdad?

Obviamente no responde. Intenta mostrarse ofendida, no le sale.

—Tu coñito virgen es mucho mejor —le digo a Carlota, sin dejar de moverme dentro de Laura—. Tú me aprietas más y estás calentita. Pero tengo que castigar a esta zorra. Después te follo a ti, ¿vale? —Acaricio su mejilla poniéndole el dedo cerca de la boca. Carlota me mira fijamente mientras se masturba con rabia, tan rápido que se palmea en la entrepierna—. Cómo me pones, puta…

Ahora es Laura quien pasa a segundo plano, reducida a objeto sexual.

Oigo cómo jadea bajo nosotros, excitadísima. Atraigo a Carlota hacia mí y me agarro a ella mientras me follo a Laura. Gano recorrido con cada embestida. Saco la polla casi por completo y se la meto hasta la base, una y otra vez, martilleándole las entrañas.

—Vaya puta de mierda… —gruño, sin voz por el esfuerzo.

Carlota está al borde del orgasmo, mueve los dedos violentamente, frotándose a unos centímetros de la cara de Laura.

—Puta zorra… —exhalo, a punto de correrme.

Agarro a Carlota por el pelo, rabioso, imprimiendo el odio que le tengo a ella en el cuerpo de la otra, que para mí no es más que un coño.

Saco la polla cuando aún estoy a tiempo.

—¡¡Joder!! —grita Laura, frustradísima.

Le doy una bofetada a Carlota porque no se la puedo dar a Laura.

—¿Quieres que te folle? —le pregunto.

Carlota se acaricia la mejilla y afirma con la cabeza, tiene la cara encendida y el cabello revuelto.

—Buena puta —susurro, acercando mi dedo a sus labios.

Boquea como si no pudiera pensar claramente.

—Primero termina lo que has empezado —me exige Laura, frotándose el clítoris con tanta fuerza que el vello le crepita bajo la mano.

—¿Cómo se pide? —me burlo.

—Fóllame de una puta vez.

—¿Cómo se pide? —repito, dirigiéndome ahora a Carlota.

—Por favor…

—Podrías aprender de ella —le digo a Laura.

—Tío, no seas tan capullo.

—Pídemelo en condiciones.

Se le aguan los ojos y suelta un suspiro que pretende sonar a cabreo.

—Por favor, fóllame —suplica con la voz temblorosa.

—¿Tú qué opinas? —le pregunto a Carlota.

—Vale, pero después a mí.

—¿No prefieres que te folle antes?

Agacha la mirada a mi polla, dura y venosa, muy hinchada.

—Bueno, sí, pero…

—Pues te follo a ti —resuelvo.

—Qué hijo de puta…, te lo he pedido por favor —gimotea Laura, buscando mi polla a tientas para apuntarla hacia su entrada.

—Tía, ¿dónde queda tu orgullo? —digo, tan humillante como puedo.

Permito que me guíe y empujo, metiéndole la punta.

—Voy a follarte. —Laura jadea complacida al oírlo—. Pero tienes que comerle el coño a Carlota.

Solo se ríe, como si creyera que bromeo.

—Carlota, pónselo en la boca, y si no te lo come te frotas.

—Al igual se lo como yo a esta —exclama Laura, ofensiva.

—Carlota, hazlo —le ordeno.

—Pero si no quiere…

—Tampoco quería mi polla y mírala ahora —le replico.

—Ya, pero…

—Tú tampoco querías —continúo.

—Bueno, perdón, es que…

—Carlota, que te sientes en su puta boca.

Se le hinchan las fosas nasales y acata, sumisa.

—Como lo hagas te lo muerdo —la amenaza Laura.

—Como le muerdas te meto una hostia que… —le advierto, agresivo.

Carlota se ha colocado a horcajadas sobre la cara de Laura, a una distancia prudente. Pongo las manos en sus hombros, obligándola a bajar. Se sienta y se empieza a mover adelante y atrás sobre la boca desesperada de Laura, que parece que se ahoga. Saca la lengua, da bocanadas en cuanto puede. A juzgar por cómo me aprieta, sé que le pone tanto como le enfada.

—Vamos, córrete —le digo a Carlota, que se sube los pechos para ofrecérmelos.

Dejo caer mi mano sobre ellos, primero uno y después el otro. Vuelvo a azotarlos. Carlota los suelta y les doy otra bofetada, ahora desde los lados. Son como bolsas de gelatina, bailan con cada golpe. Carlota gime de gusto y se frota con rabia, tan fuerte que no se da cuenta de que la está asfixiando.

—Córrete —repito, azotándolos tan fuerte que aprieta los párpados.

Su suspiro masoquista es música para mí.

—Haz que Laura se ahogue con tu coño —la animo, pellizcándole los pezones, tirando de ellos y retorciéndolos.

Carlota se sujeta el cabello con ambas manos en lo alto de la cabeza, acalorada. Tiene las mejillas ruborizadas, los ojos encendidos y el cuello delgado. Se lo agarro, apretándoselo a medida que se acerca al orgasmo.

—Vamos, zorra… —gruño, estrangulándola.

Boquea con sonidos a medio camino entre el gemido y el jadeo, se pasa la lengua por los dientes, hace fuerza, frotándose contra lo que tiene debajo, sin cuidado ni respeto.

Para mi sorpresa, a Laura le encanta. Hace rato que se toca el clítoris y de repente su vientre fibroso ondea como si estuviera corriéndose. Veo cómo se contrae entera, como se le tensan las piernas. Su coño me late en la polla, me la estruja como si quisiera exprimirla.

—Vaya pedazo de puta eres… —le digo.

Deja de respirar y parece que se hincha por dentro, atrapándome.

Los tres jadeamos sin aliento. Acaricio cariñosamente las tetas erguidas de Laura y después las bolsas de Carlota, quien se incorpora sobre las rodillas, descubriendo la cara de la otra, húmeda de sudor, jugos y quizá lágrimas. Respira por la boca, tiene los ojos cerrados. Se le pegan los mechones a la frente.

A pesar de todo, parece satisfecha.

—¿Os ha gustado? —les pregunto.

Carlota asiente, vergonzosa y con la cara como un tomate. Laura trata de contener una sonrisa que dice más de lo que nunca admitirá.

—Aún quedo yo —les recuerdo.

—Espera… —me suplica la morena.

Pero está demasiado exhausta para resistirse, y pronto se doblega a la sensación de ser penetrada de nuevo. Comienzo suave, necesito recuperar energías, y sé que Laura debe estar escocida después de tremenda follada. Carlota, mientras tanto, se dedica a estimularle los pezones.

—Tiene las tetas pequeñas —dice para sí misma, traviesa.

—Pellízcaselos.

Lo hace sin pensárselo mucho. También se los estira y se los retuerce, como yo he hecho con ella unos minutos antes. Atrapo los pechos de Laura para que resalten. Pasan de ser pequeños montículos a cordilleras deformadas por mis manos. Se los amaso y los maltrato un poco.

Laura inspira entre dientes, excitada.

—Pégale —me pide Carlota.

—¿Dónde? —le pregunto.

Carlota estudia el cuerpo bronceado que se extiende entre su coño y mi polla, pensándoselo. Pero finalmente me dice que en los pechos.

—Puedo pegarle en otros sitios —sugiero.

—Vale, donde tú quieras.

—Dime.

—Ay, no sé… —Agarra a Laura por las tetas, como yo.

—¿Quieres que le pegue en la cara?

—Vale —responde en seguida, emocionada.

—¿Pero fuerte o flojo?

—Como tú quieras —duda.

—¿Quieres que le dé fuerte?

—Bueno, vale —dice, con una sonrisa traviesa y llena de adrenalina.

Se sienta sobre los talones, quitándose de encima de Laura. Sobra decir que ambos hemos ignorado sus protestas.

—Laura, por favor, no hagas esto más difícil —le digo, dándole unas palmadas en la mejilla, el preámbulo a la gran bofetada.

Carlota le ha inmovilizado los brazos por encima de la cabeza y se ríe por los nervios, expectante. Acerco mi mano a la cara de Laura, midiendo el arco. Se tensa y aprieta los párpados justo antes de recibir la hostia, que suena más de lo que duele.

Puesto que sigo con la polla dentro de ella, he notado cómo se contrae.

—Joder, le pone que le peguen —le digo a Carlota.

—¿Sí? —se sorprende.

Vuelvo a meterle una hostia, ahora pillándola por sorpresa. Tampoco me pasa desapercibido esta vez. Se contrae, sin duda.

—¿Será que Laura es más sumisa que tú? —pregunto retóricamente.

—Puede…

—Ahora quién se burla de quién, ¿eh? —Acaricio con los nudillos la mejilla caliente de Laura—. ¿Te pone ser la puta de Carlota?

Intenta soltarse, un acto de rebeldía que dura poco. Deja de resistirse en cuanto siente mi polla entrando y saliendo de su coño húmedo.

—Vamos, admite que eres una puta.

—Por favor... —Da la sensación de que lloriquea por su voz temblorosa.

—¿Por favor qué?

—Por favor… —repite, incapaz de pensar con claridad.

—¿Ahora suplicas? —Presiono su clítoris a través de los pliegues.

—¿Por qué me haces esto…? —suspira.

—¿Por qué TE hago esto? —repito, sarcástico—. ¿Ves, Carlota? No le importas una mierda. Haz que te vuelva a comer el coño.

Carlota me mira con una sonrisa de diablilla traviesa. Se apoya sobre el cuerpo de Laura para mantener el equilibrio y baja las caderas, sin miedo.

—Tendrías que estar agradecida —le digo a Laura, penetrándola más duro, a lo que responde gimiendo—. Gracias a mí has visto que no eres mejor que ella. Acéptalo, sois igual de putas.

—Vale, soy una puta…

—Discúlpate con Carlota —gruño, castigándole el fondo.

—Perdón, perdón…

—Ponle el ano en la boca —le ordeno a la rubia.

—¿El ano? —se sorprende, con esa cara de niña buena.

—¿Sabes lo que es un beso negro?

Parece confundida.

—Carlota, siéntate sobre su puta boca, coño.

—Pero le haré daño…

Agarro a Carlota por los tobillos y tiro un poco, asustándola. Se agarra a mis hombros por miedo a caer de culo sobre la cara de Laura, que solloza.

—Y tú, deja de llorar de una puta vez —le digo, hinchando mi polla contra su cérvix—. O se lo comes a ella o me lo tendrás que comer a mí, y te aseguro que prefieres el de ella.

Carlota baja el culo sobre la boca de Laura, que comienza a chupar rápidamente, con ganas. Sorbe haciendo ruido, abre mucho la boca y veo la punta de su lengua lamiéndole el perineo, como si tratara de alcanzar su coño. Carlota se ha puesto de cuclillas con las piernas abiertas, en una posición en la que parece que va a mearle en los pechos.

Introduzco dos dedos en ella y los doblo haciendo gancho. Palpo, aprieto, se los retuerzo, tamborileo, presiono y la estimulo, todo en su punto G, provocándole unos temblores que me vuelven loco. Abre la boca y solo jadea, incapaz de pronunciar palabra.

—¿Tienes ganas de mear cuando te corres? —le pregunto.

—A veces… —admite Carlota, sin aliento.

—Pues no te contengas.

—Ay, no, eso no —se disculpa con una risita eufórica.

Como he dejado de follarme a Laura para masturbar a Carlota, se le baja el calentón e intenta quitarse de encima a la rubia, que se aparta.

—¿Pero tú de qué vas? —me espeta, incorporándose.

—¿A qué sabe el culo de Carlota? ¿Lo tiene limpio?

—¿Ibas a hacer que me meara encima?

—¿Algún problema?

—Joder, tú eres tonto —se ríe nerviosa, sin dar crédito—. ¿Cómo ibas a limpiar las sábanas después, gilipollas?

—Venga, relájate, que no iba en serio.

—¿Perdona?

—Túmbate, anda. —Pongo una mano en su pecho, haciendo que se tienda sobre el colchón.

Vuelve a resistirse, pero está exhausta y tiene mi polla dentro, así que en seguida se da por vencida, aceptando que no puede imponerse.

—Basta con que me mueva un poco para que te rindas.

—Hijo de puta… —masculla, tan molesta como excitada.

—¿Te apetece seguir comiéndole el culo a Carlota?

Se ha tapado la cara con el antebrazo y no responde. Sabe que será lo que yo decida.

—Date la vuelta. —Apenas puede moverse, tengo que girarla, colocándola a perrito—. Carlota, túmbate bocarriba y ábrete el culo.

Aunque parece preocupada por Laura, hace exactamente lo que le digo. Pone las piernas en alto y se lo abre tirando de los lados.

Obligo a Laura a que baje la cabeza. Tengo su cabello en mi puño y meto su cara bronceada entre las nalgas pálidas de Carlota.

—Tendría que haberte follado así desde el principio —gruño.

Aunque es más fea, está más buena que Carlota, con un culo duro y bien definido y una cintura mucho más estrecha, ambos atributos resultado de la gimnasia rítmica. Poniéndola a cuatro patas, como la perra que es, puedo deleitarme con su cuerpo sin tener que verle la cara.

Por desgracia, parte de su vello púbico va hasta su ano.

—Das puto asco —le digo, metiéndole el pulgar dentro.

Después de un rato comienza a faltarle el aire e intenta soltarse, pero en ese momento me aprieta más que nunca, gruñe entre jadeos mientras le palpita el coño, y sé que puede aguantar unos segundos más, así que la sujeto bien, inmovilizándole la cabeza. Se revuelve y consigue ponerla de lado, con el pómulo contra el ano babeado de una tía que no soporta.

Tiene la cara hecha un cristo, brillante y deformada por el placer y la rabia.

—Te jode, ¿eh? —mascullo, follándomela con una brutalidad inhumana—. Puta de mierda... cómo te jode estar disfrutándolo, ¿eh?

Afloja la mandíbula y me mira de reojo con una mueca de súplica.

—Admítelo, puta. —Aplasto mis huevos contra sus pliegues—. Admítelo.

—Joder, sí… soy una puta, fóllame, soy una puta…

Doy unas últimas embestidas resoplando como un toro, a punto de correrme.

—Ven aquí. —Tiro de ella agarrándola por el cabello—. Ponte de rodillas.

Obedece torpemente. Logro arrastrarla fuera de la litera y se deja dirigir como una marioneta de hilos. Abre la boca, sumisa y postrada como una puta barata en el duro y frío suelo de un hostel de mierda.

—¿Dónde quieres que me corra, zorra? —gruño, masturbándome violentamente frente a ella.

Como respuesta abre aún más la boca, solícita.

—Pásame el móvil —le ordeno a Carlota, quien me lo tiende más rápido de lo que esperaba—. Vaya, esto sí quieres que lo grabe, ¿no?

Carlota se ríe quedándose detrás de mí.

—¿Hace falta que lo grabes…? —se queja Laura, en un tono lastimero y resignado que recuerda a la versión más dócil de Carlota.

—Tienes que ver la cara de puta que se te pone —le explico.

Coge y suelta aire por la nariz, manteniendo la boca bien abierta.

—Te gustará —le prometo.

Ofrece su lengua y se le escapa una risita. Pongo el móvil a grabar en posición horizontal, a una buena altura, capturando mi vientre, mi polla venosa y esa sonrisilla que se le advierte en la comisura de los labios, una sonrisa que queda perfecta con sus ojos llorosos, felices después del tormento.

Carlota se acerca para ver lo que estoy grabando.

Paro de grabar y la atrapo por un codo. Se sorprende tanto que no reacciona. De un tirón, la siento junto a Laura.

—¿Pero qué… qué haces? —me recrimina, sofocada y colocándose el cabello detrás de las orejas.

—Tengo corrida para las dos.

Se le van los ojos a la punta húmeda de mi rabo y le dedica una sonrisa involuntaria. Después vuelve en sí e intenta levantarse. Hago que cambie de opinión con un buen par de hostias, una en la cara y otra en el pecho.

—Dios, me encanta que se te marque la piel —gruño.

Carlota se acaricia el pecho, adolorida. Parece que va a llorar.

—Más vale que te quedes quieta, no me des excusas.

—¿Vas a grabarme? —pregunta, con la mirada gacha.

—Antes no te importaba.

—Bueno, ya, pero…

—Tampoco te importaba que la grabara a ella —la interrumpo.

Ambas se miran con una sonrisa, la de la rubia es tímida, de disculpa, y la de la morena es maliciosa, como si saboreara la venganza.

—Dale un bocado en la teta —le pido.

Se le echa encima y lo hace. Carlota jadea de dolor, abrumada.

—¿Así o más fuerte? —me pregunta Laura nada más separarse.

Carlota se restriega el pecho marcado, calmándose el escozor y limpiándose la saliva. No ha debido de hacerle mucho daño porque todavía sonríe.

—Hazle moratón —la animo.

Carlota, por supuesto, no se deja. Ahora la detiene y forcejean agarrándose por los pelos. Intentan morderse mutuamente, ruedan.

Tomo constancia de todo.

—Parecéis dos perras —digo, lo bastante alto como para captar su atención. Se sueltan al descubrir que las estoy grabando—. Venid aquí.

Se muestran más reticentes que antes. Dejo de grabar y las miro, autoritario. Me devuelven la mirada, paralizadas. Soy mucho más grande y corpulento que ellas y debo parecerlo todavía más cuando estoy de pie y ellas en el suelo.

—He dicho que vengáis aquí.

Carlota es la primera en obedecer, se arrastra hasta mis pies.

—Abre la boca —le ordeno.

Pero ve que tengo el móvil preparado y no lo hace.

—Abre la puta boca —le repito, tirándole del pelo con la mano libre.

Se encoge creyendo que voy a pegarle.

—O comienzas a chupármela o la hostia que le he metido antes a Laura te parecerá una caricia —le advierto—. Vamos, y más te vale hacerlo bien.

Comienzo a grabar en cuanto se la mete en la boca.

—Vamos, así, puta, enséñale a tu novio cómo la chupas.

Carlota hace ruido, se ahoga tratando de tragársela entera.

—Eh, tío, no sé cómo te llamas pero tu novia la come de puta madre, eh, mírala qué viciosa la muy zorra —me río—. ¿Sabías que era tan puta? Vamos, Carlota, dile lo puta que eres. Dile que eres una puta sumisa a la que le encanta comer pollas. —Se esmera en la mamada para no tener que hablar—. Buah, tío, en el fondo me sabe mal, debe de ser una putada que tu novia sea tan zorra y no puedas disfrutarla, eh.

Agarro bien su cabello para que se le vea mejor la cara.

—¿Sabes qué es lo peor, tío? —continúo—. Que le pone cachonda saber que verás este vídeo. La puta de tu novia está enferma, tío.

Con su cabello retorcido en mi puño, hago que me mire, un plano buenísimo en el que se nota lo mal que lo pasa y lo mucho que eso le pone.

—Venga, dile a tu novio lo cachonda que estás.

—No… —Se calla en cuanto le pongo los huevos contra los labios.

—Acércate, perra —le ordeno a Laura.

Parece aturdida, tarda en darse cuenta de que le hablo a ella. Gatea hasta nosotros con la mirada clavada en el suelo, procurando que no se le vea la cara.

—Comprueba si está mojada —le pido.

Mete tres dedos entre los muslos de Carlota y los saca con hilos de jugos colgando entre ellos. Los enfoco. Hago zoom. Laura los junta y los separa, los gira para que se note cómo le brillan.

—Vaya zorra… —murmura Laura.

—Joder, y eso que solo me la está chupando, imagina si me la follara.

Carlota sigue mamándomela mientras Laura hurga en su coño. Gime con la boca llena, se le enciende la cara. Sus mejillas ruborizadas están ya de un color rojo intenso, producto de la excitación y la asfixia.

—¿Te gustaría que te follara? —le pregunto, clavándosela hasta la garganta.

Hace un ruido gutural, ahogándose. Se la saco para que me responda. Da una bocanada recuperando el aliento.

—Dile a tu novio lo mucho que te gustan las pollas.

Carlota respira profundamente contra mis huevos.

—Díselo. Dile lo cachonda que estás, sé sincera por una vez —insisto, restregándoselos desde la barbilla hasta la nariz.

Por cómo me los come no hace falta que lo diga. Me chupa ambos testículos, los sorbe lo mejor que puede, y le sonríe directamente a la cámara. Parece mentira que una chica como ella, con su carita de ángel, sea capaz de comerme los huevos de esa forma, sobre todo después de cómo la he tratado.

—¿Te pone, eh, puta? Te pone que sepa lo zorra que eres…

Aplasto mi polla contra su cara, se la embadurno de babas.

—Joder, sí…

—Habla claro. —Uso mi polla para darle en la lengua—. Dile que te pone cachonda que te traten como una zorra, dile lo puta que eres.

—¿Vas a mandarle el vídeo?

—¿Tú qué crees? —me río.

Sonríe, más relajada, y me chupa la punta como si fuera una piruleta.

—Sí… me pone… mucho… —admite, entre lametón y lametón.

Por la mirada que le echo, Laura sabe que le toca unirse. Se ponen a ambos lados de mi polla y me la chupan torpemente, peor de lo que lo hacen por separado, porque están evitando a toda costa que sus labios se toquen.

—¿Después de comerle el culo te da asco su boca? —le espeto a Laura, agarrándola por el pelo—. Vamos, daos un beso. Con lengua.

Me dirige una mirada asesina, y es perfecto porque así queda grabado su odio justo antes acceder a lo que le he pedido. Se dan un beso horrible, nada erótico, en parte porque no quieren hacerlo y en parte porque Carlota no tiene ni idea de cómo besar con lengua. Deslizo mi polla entre sus dos bocas.

—Preferís mi polla, ¿verdad?

—Sí… —susurra Laura, mordisqueándomela.

Solo me queda por grabar una cosa. Hago que se sienten de rodillas una junto a la otra, de cara hacia mí, con la boca abierta y la lengua fuera.

—Como cerréis la boca os meto una hostia, ¿estamos?

Aprietan los párpados y la abren aún más con un amago de sonrisa.

Con la polla a una buena distancia de ellas, comienzo con la paja más bestia que me he hecho en la vida, machacándomela con rabia.

Sujeto bien el móvil para que el vídeo no salga muy movido.

Carlota se estruja las tetas y Laura se masturba. Ambas respiran por la boca, como las perras que son. Pensar que lo que las tiene así de cachondas es la idea de recibir mi corrida es lo que me la provoca.

Gruño por el esfuerzo, duchándolas con semen espeso, que les cae en la cara, en la boca y en el pelo. Carlota tiene un chorro que le cruza la cara en diagonal, pasando sobre un ojo. Ha cerrado los dos como si temiera quedarse ciega. A Laura le ha caído sobre todo en el pelo y en la boca. Se le acumula contra los dientes de abajo.

Hago que Carlota me la limpie y me la exprimo sobre su lengua, vaciando las últimas gotas.

—Laura, comparte un poco con Carlota, no seas egoísta —la animo, de buen humor pero con la respiración aún agitada.

Vuelve a besarla, esta vez pasándole buena parte de mi corrida. Después, les pido a las dos que se lo traguen.

Laura lo hace con una sonrisa. Carlota pone cara de angustia.

—Buenas putas —las felicito.

Con eso puedo dar el último vídeo por terminado. Son más de quince, porque he ido parando y reanudando la grabación. Sé que algunos de ellos serán una mierda, estarán movidos o mal enfocados, así que me los paso todos a mi WhatsApp.

—¿Tú también los quieres? —le pregunto a Laura.

—Sí —contesta, limpiándose la cara con una camiseta.

—Vale, pues te los envío, y también al novio de Carlota.

Se levanta como un resorte para intentar quitarme el móvil de las manos.

—Eh, no, no, por favor…

—Tranquila, no lo voy a hacer, estaba de broma. —Soy demasiado alto y no lo alcanza ni poniéndose de puntillas—. Pero prométeme que no los borrarás.

—Bueno, ya veremos, no sé.

Guárdalos, así recordarás lo puta que eres realmente.

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