Hostel con dos chicas II
- Daddy Dominant

- 29 feb 2020
- 16 min de lectura
Carlota, sumisa y dominada, se excita ante la idea de mandarle un vídeo al cornudo de su novio
—Oye, no —jadea.
Aún sin verla, sé que su lenguaje corporal grita “sí”.
—¿Quieres reservarte para tu follamigo? —bromeo.
—Tonto…
—¿Bajo y te follo?
—¿Te estás riendo de mí? —susurra nerviosa.
—Hablo en serio.
Me incorporo en la litera. Busco el travesaño superior con los pies.
—No bajes —responde, ahogando el grito.
—¿Vas a seguir con miedo toda tu vida?
Inspira profundamente.
—¿Sigues cachonda? —pregunto.
—No.
Su forma de decirlo, con una exhalación temblorosa, me hace saber que miente. Sigue igual de excitada, quizá incluso más.
—Carlota, te he dicho que se te nota —le recuerdo.
—En serio, ¿cómo lo sabes?
Puedo leerle la sonrisa en la voz.
—¿Sabes cuál es tu problema, Carlota? —le digo, tan serio como puedo—. Que eres una cobarde. Tu cuerpo te está pidiendo esto y tu mente lo contrario, vale, lo entiendo. Has estado bajo el yugo de tus padres, es la primera vez que viajas, no has tenido novio, puede que ni hayas dado tu primer beso, no has vivido una mierda y de repente… esto. Pero si no te dejas llevar, si no te quitas la espinilla de una vez, te arrepentirás. —Hago una pausa para que pueda responder, pero está muy callada, atenta, y eso le da un dramatismo involuntario a mi discurso—. Te pasarás años fantaseando sobre lo que podría haber pasado. Cuando por fin tengas novio, si es que llegas a tenerlo, te lo follarás pensando en cómo habría sido follar conmigo, ahora, con Laura en la litera de al lado, y te correrás pensando en esto, no en él.
Se mueve en las sábanas, no responde. Puede que se esté masturbando.
—Dime la verdad, ¿estás cachonda?
Respira como si no pudiera contestarme.
Apoyo un pie en la escalera. Busco a tientas el travesaño siguiente, y me dejo caer de un salto porque no lo encuentro. Hay tanto silencio que da el efecto de que toda la habitación tiembla por mi peso.
—¿Qué haces...? —jadea sorprendida.
—Calla, ven.
Guío su mano hasta mi polla dura. Se le traban las palabras en cuanto la encuentra. Respira profundamente, casi hipnotizada.
—Es suave…
Su voz está llena de admiración y sorpresa. Acaricio su cabeza con más condescendencia que cariño. Dejo que sopese mi polla. Por cómo me la agarra, sé que no ha tocado ninguna antes.
—¿Te gusta? —pregunto.
—Uf, no sé, supongo.
Pero me la suelta y respira nerviosa, una especie de risita culpable.
—Venga, ya está, termina tú solo —me pide.
—¿Termino en tu cara o en tu boca? —pregunto con malicia.
—Tío, no —me suplica tímida—, venga, ya está. Vuelve a tu cama.
—Hazte a un lado.
—¿Pero qué haces…?
He clavado una rodilla en el colchón e intento ganar terreno. Carlota me empuja para que no me meta bajo las sábanas. Medio riendo, consigo que poco a poco me haga sitio y me tumbo junto a ella. Se ríe incómoda, enfadada con la situación, conmigo o consigo misma, no lo sé.
—Bueno, pues ya está, a dormir —decide, en un tono que no me puedo tomar en serio.
—Claro, para eso he bajado.
Resopla para ahogar su frustración y se acurruca de cara a la pared. Apenas cabemos en la litera y me tengo que pegar a su espalda. Se revuelve al sentir mi erección contra su culo. Pone un brazo entre nosotros. Por un segundo, creo que intenta apartarme. Pero deja la mano ahí y mueve los dedos disimuladamente, acariciando mi polla por encima del pijama.
—¿Quieres volver a tocármela? —murmuro.
Se queda quieta. Huele bien, tiene el cabello rubio revuelto encima de la almohada y su nuca desnuda me tienta a darle un mordisco. Tengo ganas de agarrarla por un hombro, metérsela así, de lado, y follármela duro mientras le doy chupetones en el cuello.
—Venga, sin miedo, tócamela —la animo.
Tiro de la goma del pantalón para que pueda meter la mano dentro.
—Vamos a dormir —se queja.
Pega el brazo a su espalda y esta vez sí que parece que lo hace para que no le clave el bulto contra el culo. Se lo acerco de todos modos, a ver si se anima a seguir acariciándomelo por encima de la tela. Separa un poco los dedos, mi tronco encaja en la palma de su mano, y me lo rodea.
Intuyo que quiere pajearme pero no se atreve.
Dejo que se acostumbre a esa sensación con la esperanza de que pierda el miedo. Sigue palpándomela tímidamente mientras le acaricio el costado, y lo hago de modo que le subo la camiseta hasta las costillas. Se está relajando, lo sé por cómo respira. Parece sedada. Deslizo la mano con suavidad, casi sin tocarla, por su vientre. Se tensa y me suelta la polla.
—¿Tienes inseguridad con tu barriga? —pregunto divertido.
—Bueno, sí, un poco.
Carlota no está gorda, solo le sobran unos pocos kilos. Pero al tumbarse de lado se le hace algo de tripita, nada fuera de lo normal. Se la pellizco y me acerco más a ella.
—Tranquila, a mí me pones así —le murmuro.
Jadea más relajada, y aprovecho la ocasión para seguir pellizcando más arriba, acercándome al pecho. Se lo agarro como quien no quiere la cosa, sin darle importancia. Carlota tampoco se la da, al menos no verbalmente. Se queda callada y respira como si se estuviera mordiendo el labio.
—Se te están poniendo duros los pezones.
—Cállate…
—¿O qué?
—O te vas a enterar —me amenaza sin fuerzas.
Se los aprieto para recordarle quién manda. Gime y me da un pequeño codazo, nada que me quite las ganas de seguir torturándola. Tiene unos pechos enormes y carnosos, moldeables. Se los estrujo a manos llenas.
—Tío, no tan fuerte… —me pide.
—¿O qué? —repito.
—O chillaré para despertar a Laura.
Su advertencia, entonada con tanta inseguridad, solo consigue hacerme reír.
—Ya, claro.
—Pues sí —me asegura débilmente.
—¿Prefieres que sea suave?
—Bueno, no sé —duda—. O sea, es tarde. ¿Dormimos?
Suena tan insegura que dudo de qué es lo que realmente quiere.
—Estás de coña, ¿no? —le suelto.
Deja de acariciarme la erección, retira la mano.
—A ver, es que aquí, ahora, no sé, no es un buen sitio, ¿no?
—Como quieras.
Salgo de la cama y me quedo de pie entre su litera y la de Laura. Carlota se gira para mirarme. Aunque no le veo bien la cara, sé que está sorprendida.
—¿Te vas? —pregunta.
—Pues claro.
—¿Pero te has enfadado?
—Sí, pero no por lo que tú te piensas —le respondo—, lo que me cabrea es que ni ahora sabes lo que quieres. Tienes ganas de que te follen, pero estás tan reprimida que no te atreves a una mierda y esperas que sean otros los que tomen la iniciativa. —Carlota sigue mirándome. Distingo su cara pálida por el contraste con la oscuridad—. Antes se lo he dicho a Laura. Vas provocando como si buscaras que te violen, coño.
—¿Que me violen? —repite, aturdida—. Anda ya.
—Joder, no sé si eres tonta o si te lo haces.
—Tampoco hace falta que insultes, eh.
Hasta cuando se ofende lo hace con tan poca sangre que me saca de mis casillas. Parece que está muerta por dentro. De pronto me doy cuenta de que no me atrae, solo quiero desquitarme con ella, es lo justo por haber tenido que soportarla desde que llegamos al hostel.
—¿Sabes qué? A la mierda. Buena suerte con tu novio. —Estoy comenzando a subir a mi litera cuando oigo que Carlota se incorpora—. ¿Qué quieres ahora?
—No, nada…
Pero se ha sentado y me mira como si quisiera disculparse.
—Si tienes que decir algo, dilo —insisto.
—Da igual.
—Dilo de una puta vez —gruño en voz baja.
—Bueno, no sé, da igual, ¿vale?
Resoplo, harto de su indecisión, y subo un travesaño más.
—Vale, sí, es verdad —admite—. O sea…
—¿Sigues con ganas?
—No sé. ¿Tú? —murmura.
—Depende de si tú tienes ganas.
—¿Pero no decías que se me notaba? —me recrimina, irónica.
—Se te nota.
Se ríe por la nariz, sigue mirándome, seguro que a la espera de que sea yo quien dé el primer paso. Odio tener que hacerlo todo y al mismo tiempo me digo que Carlota es la clase de chica que se deja hacer de todo. He dejado la escalera y me acerco a su cama. Carlota acepta la mano que le tiendo.
Se arrastra hasta el filo de la litera.
—¿Se me nota? —repite insegura.
—Como a una perra en celo.
Hundo mis dedos en su cuero cabelludo, los deslizo hasta su nuca y la atraigo hacia mí, invitándola a chuparme la polla. De un tirón hago que Carlota se incorpore sobre los codos. Parece que no se lo esperaba así. Tiene tan poca experiencia, tanto desconocimiento, que mi glande roza sus dientes.
—Abre la boca —le ordeno.
Presiono con las caderas. Sus labios son un muro, no los separa.
—Vamos, no te hagas la digna ahora.
—No, chupártela no —susurra.
—Pues hazme una paja.
Comienza a mover torpemente la mano adelante y atrás. Tiene la respiración acelerada, me echa el aliento en la punta de la polla. Se la aproximo poco a poco, a ver si cede. Pero se niega a cruzar esa frontera.
Acaricio su mejilla, su cuello, su hombro, que se mueve. Se ha tumbado boca arriba, acomodándose, y sigo el recorrido de su brazo. Sé lo que está haciendo. Carlota sabe que lo sé, y aun así no impide que mi mano se deslice por encima de la suya, entre los muslos. La aparta para dejarme hacer. Su coño desprende un calor y una humedad increíble.
Para mi sorpresa, lo tiene depilado. Separa las piernas, levanta las caderas y se baja los pantalones con la mano libre, impaciente. Acerco los dedos con una lentitud calculada. Busco que muestre su faceta de putita hambrienta.
—Sigue pajeándome… —gruño.
Pero no se concentra. Jadea y se contrae nada más sentir el contacto de mis dedos en sus pliegues. Aunque está mojada, todavía es pronto para metérselos. Subo hasta su clítoris y lo presiono. Ahoga un gemido.
Vuelvo a bajar, despacio, hasta la entrada a su coño. Apoyo contra ella la yema de mi dedo. Solo tanteo, quiero ver si me lo suplica.
Agarra mi polla con demasiada fuerza, no mueve la mano.
—Métemelos —me pide.
Con eso me conformo. No es necesario que se humille, de momento.
Introduzco un dedo y lo doblo hacia arriba. Tardo apenas un segundo en encontrar la rugosidad del punto G. Palpo con cuidado, y poco a poco lo hago más fuerte, lo muevo y lo retuerzo explorando sus límites.
Carlota arquea la espalda, levanta las caderas apretando los dientes. Disfruta, no le duele. Acelero metiéndole otro dedo, y otro más. Pienso en cuántas veces se masturbará al día y en qué fantasea.
Ha soltado mi polla, se araña las tetas.
Atrapo su cabeza por el pelo. Sin mediar palabra, abre la boca y se traga mi polla hasta la mitad. Hago todo el trabajo, me follo su cara y la masturbo al mismo tiempo. Carlota solo se deja hacer, como una muñeca. Se ahoga, noto que le falta el aire y no solo no me detengo, sino que intento metérsela hasta la garganta. Babea por las comisuras de los labios.
Se la saco para que pueda responder a mi pregunta:
—¿Tantas ganas tenías de esto, puta?
Respira agitada, como si la hubiera rescatado de alta mar.
—¿Te gusta o no? —insisto, retorciéndole los dedos dentro del coño.
Pero solo gime. Intento seguir torturándola mientras se echa hacia atrás para apoyar la espalda contra almohada. Adelanta las caderas, aplasta su coño contra mi puño y se frota con rabia, al límite del orgasmo.
—¿Crees que voy a dejar que termines así, zorra?
Saco los dedos y ella gruñe, frustrada.
—Oye, no, por favor… —logra decir.
—Te va a gustar más esto.
Subo a la litera, pongo mis rodillas entre sus piernas, la obligo a abrirlas y le restriego la polla contra el coño.
—¿Qué haces? —se exalta.
—Voy a metértela.
Se mueve, no sé si para apartarse o para facilitar la penetración.
Oigo la litera de Laura. Aunque está a oscuras, veo que se ha puesto de lado, de cara a nosotros. Pero su rostro es un borrón en la oscuridad y me resulta imposible saber si tiene los ojos abiertos o cerrados, así que me quedo quieto y afino el oído para analizar la forma en que respira.
—¿Qué pasa? —se preocupa Carlota.
—Calla —le ordeno.
Hay tanto silencio que puedo oír la sangre siseando en mi cabeza. Tengo la polla contra sus pliegues y me costaría horrores detenerme ahora.
—Joder… ¿no está dormida?
—Cállate —repito en un susurro.
—¿Laura?
—Vas a despertarla, coño.
—Oye, así no. Vete —me pide.
—Venga ya, si está dormida.
—¿Seguro?
—Que sí, joder.
Deslizo mi polla arriba y abajo, desde su entrada hasta su clítoris. Carlota exhala como si se le escapara el alma por la boca. Aprovecho el momento para metérsela de golpe hasta la mitad. Acomodo las caderas y vuelvo a empujar, y otra vez, hasta que entra por completo. Dejo que descanse unos segundos.
—¿Ves? Ya está, tu primera polla.
—No está mal —admite riendo sin aire.
—Para ser virgen no ha costado tanto.
Comienzo a moverme suavemente.
—¿Te masturbas mucho o qué? —pregunto a medida que acelero.
—Bastante…
—Seguro que te has metido de todo. ¿A que sí, putita?
Tiene el cuerpo tan blanco que puedo ver a la perfección cómo se le mueven las tetas en la oscuridad. Se la estoy metiendo con fuerza, hasta el fondo, mientras la sujeto por las caderas. Respira agitada pero no gime. Se está conteniendo. Contengo las ganas de meterle una bofetada en uno de esos pechos gordos y flácidos, ver cómo rebota, arrancarle un grito.
—Joder, tu primera vez y no veas cómo disfrutas, zorra…
Se tensa con los insultos, es una masoquista. Deslizo una de mis manos por su vientre hasta la base de su cuello. Se contrae a medida que la asfixio.
—¿Te gustan los insultos, puta? —gruño tan bajo como puedo.
Pongo mi mano en su cara y apoyo buena parte de mi peso en ella. Abre la boca, busca mi dedo. Dejo que me lo muerda, y empujo hasta el fondo.
Tiene el coño encharcado.
—Responde, puta. ¿Te gustan los insultos? —Detengo mis embestidas.
Saco el dedo de su boca. Sé que le he cortado el rollo y me da igual. Si follamos, será como yo quiera. Tengo ganas de vengarme.
—¿Vas a parar? —pregunta, entre agitada y preocupada.
—Depende.
—Ay, no sé…
—¿Paro?
—No, no, a ver. ¿Qué quieres? —se arrastra.
—Que digas lo que eres.
—¿Cómo? ¿Una puta? —se ríe nerviosa.
—Dilo. Di que eres una puta.
—Pues sí, lo soy. —Se le escapa el aire. Pretende reírse pero la excitación la delata—. ¿Contento?
—Dilo bien. Di que eres una puta —gruño, iniciando un ligero vaivén con mis caderas—. Dilo y te follo.
—Soy una puta.
—¿Y qué quieres?
—Que me folles —le cambia la voz a medida que acelero.
—¿Quieres que te folle como a una puta?
—Sí… —jadea sin aliento.
Cambio un poco de posición, apoyo mi peso sobre mis talones y empujo cada vez más fuerte y más rápido, hacia arriba. Sé que le estoy dando en el punto G por cómo se contrae, incapaz de contener unos débiles gemidos.
Suelto sus caderas para agarrarla de los pechos. Se los amaso apoyando mi peso en ellos, se los estrujo hasta que se queja. Gime como si le doliera y le gustara al mismo tiempo. Dejo una mano sobre su pecho y llevo la otra a su cuello, aplastándoselo contra la almohada. Aprieto cada vez más fuerte, dejándola sin aire. Incluso en la oscuridad veo cómo boquea.
—Para, para… —me suplica casi sin voz.
Pero noto que se contrae y no la suelto. Carlota me agarra por las muñecas. Se retuerce, siento cómo le late el coño mientras me clava las uñas.
—Para —jadea medio asfixiada.
—¿Dónde quieres que me corra? —gruño, aflojando.
—Afuera…
—¿Dónde, puta?
Solo gime y jadea. Se aprieta las tetas una contra la otra.
—Voy a correrme en tu cara —le informo, dominante.
Saco la polla rápidamente y me bajo de la litera, me sitúo junto a ella y la agarro por el pelo. Carlota se resiste, intenta apartarse, cierra la boca.
—Para —me suplica.
—Joder, a ver cuándo te dejas llevar de una puta vez.
—Te puedes correr en mis tetas…
—Qué remedio.
Acelero la paja apuntando a sus pechos. Carlota se ha sentado en el borde del colchón y se deja mimar con los ojos clavados en mi polla.
—Puedes chuparla, si quieres —la animo, acariciándole la cabeza.
—Pero no te corras en mi boca —me advierte.
—Te lo prometo.
Se la pongo a unos centímetros de su lengua. Carlota me la lame, permite que use su boca, la penetro un poco y sigo masturbándome mientras la deja abierta. Parece una invitación a que lo eche todo dentro.
—¿Acaso quieres que me corra en tu boca? —pregunto.
—Te he dicho que no… —responde.
—¿Para qué la abres entonces?
—Para chupártela —duda, con voz temblorosa por su respiración—. ¿O no quieres?
—Claro que quiero, me encanta —le aseguro, metiéndosela—. ¿Sabías que eres la clase de tía que está más guapa cuando la chupa?
Suelta aire por la nariz y se esmera en hacerlo lo mejor que puede. Acompaño el movimiento de su cabeza con mi mano. Aunque es muy torpe, me da morbo ser el primero a quien le hace una mamada, incluso antes que a su novio.
—¿Qué pensaría tu novio si te viera así? —me rio.
Pero no responde, solo me la chupa con más ganas.
—¿Crees que se enfadaría? —insisto.
—Supongo…
—¿Te pone cachonda la idea?
—Anda ya…
—Te he dicho que se te nota —le recuerdo.
—¿Pero en qué se me nota? —exclama con la voz ahogada.
—¿Ves? Acabas de admitirlo. —Introduzco la polla en su boca de nuevo y la empujo hasta el fondo, sujetándole la cabeza—. ¿Te gusta así, puta?
Por supuesto, es imposible que me responda. Se la mantengo dentro hasta que se ahoga. Después de unos segundos, que seguro que se le hacen eternos, se la saco. Carlota exhala sin aliento, tose. Hay un hilo de baba que conecta su labio con la punta de mi polla. Se la restriego por la mejilla.
—¿Qué haces? —se queja.
—Admite que te ha puesto cachonda.
Pero niega con la cabeza, avergonzada. Se le escapa un suspiro y se limpia la cara mientras espera mi corrida. Sabe dónde estoy apuntando.
—¿Quieres que me corra? —gruño.
—Hazlo de una vez.
—¿Dónde?
—Tú hazlo y ya. —Se ríe y jadea.
—¿Tu novio sabe que eres así de puta? —pregunto, machacándome la polla con un puño y acercándosela a la cara.
Carlota, que había abierto la boca involuntariamente, la cierra.
—¿Te gustaría que lo supiera? —insisto.
—No sé…
—Qué zorra eres. ¿Cómo te puede poner tan cachonda esto?
—Cállate y termina ya, anda…
—Terminaré mientras lo grabo —digo, deteniéndome.
—¿Cómo?
—Pásame tu móvil, lo grabo y se lo mandas a tu novio.
—Anda, no. ¿Qué dices? —murmura.
—Así sabrá cómo eres realmente.
—Ay, no… —su voz sufre, cada vez más débil.
Disfruto viendo cómo cede poco a poco, lo manipulable que es. Carlota tiene tan poca personalidad que en el sexo es como una muñeca capaz de acceder a cualquier cosa. Sé que si la presiono puedo conseguirlo.
Paro de pajearme, le aparto la polla de la boca.
—¿Hablas en serio? —gimotea.
—Pásame tu móvil —le ordeno.
—No, por favor, eso no.
—¿Por qué no? Tendría que darte igual, no te lo vas a follar.
—Aun así…
—O lo grabo o se acabó —me impongo.
Carlota agarra mi polla, tan dura que parece que va a explotar, y me masturba un poco, dubitativa. Acerca la boca y me lame la punta como si fuera un helado. Pobre, casi siento un poco de lástima por ella.
—Vale, córrete en mi boca —accede con un hilo de voz—, pero lo otro… no sé…
—Antes te he dicho que quería correrme en tu cara, no en tu boca.
—¿En mi cara?
—Sí, te la quiero llenar de corrida.
—Bueno…
—Te la lleno de corrida y te hago unas fotos —negocio.
—¿Ahora quieres fotos? —se ríe nerviosa, agitada y también cachonda.
—Solo para mí —le aseguro, azotándole con la polla en la comisura de los labios—. Bueno, te las mando a ti también. Tú verás si se las envías a tu novio.
—Bueno…
Busca mi polla para seguir chupándomela, ciega, frustrada y odiándose a sí misma. Hace rato que oigo cómo se masturba violentamente, lo húmeda que está. Se la empujo más adentro. Tose con mi rabo hinchándole los carrillos.
—Pásame el móvil —le ordeno, dándole un tirón de cabello para apartarla.
Resopla mascullando quejas. Pero acata, y eso es lo que importa.
Palpa debajo de la almohada. Ha dejado de meterse los dedos, pero sigo oyéndola. Contengo la respiración. Sí, la oigo.
Carlota me tiende el teléfono.
—¿Va en serio? —alucino riéndome—. ¿Ibas a dejar que te tomara fotos con la cara llena de corrida? —exclamo, ya sin controlar el tono de mi voz.
—Bueno, sí, no sé. Pero si solo es para ti, ¿no? —duda, miedosa.
—¿Y tú te fías? Coño, no sé si eres ingenua o gilipollas a secas.
Se encoge, diminuta, y me mira como si yo fuera un monstruo.
—Tía, pecas de inocente —le digo.
—Oye, ya no quiero seguir.
—Por mí perfecto —le digo, riéndome—. Eres una puta inútil, no tienes ni idea de cómo chuparla. Solo sirves para que te follen, y ni eso, porque te quedas quieta como una puta estrella de mar.
—Bueno, perdón…
—¿Te insulto y te disculpas?
—Bueno, no sé… ¿Qué quieres que te diga si no sé chuparla? —se queja a punto de llorar.
—Joder, si es que la culpa es mía, tendría que haber imaginado que serías un muermo. Seguro que Laura la chupa mucho mejor que tú. —Vuelvo a agarrarla del pelo, zarandeándola, y Carlota abre la boca automáticamente, como si tuviera la intención de chupármela—. ¿Qué haces, puta? ¿Quieres seguir?
Carlota gatea acortando la distancia que la separa de su objetivo, y se la introduce de nuevo en la boca, lamiéndola con ansia, desesperadamente. Parece que quiere compensar su falta de experiencia poniéndole ganas. Pero sigue sin saber hacerlo.
—Te he dicho que no —la regaño.
Toda la situación recuerda a un amo castigando a su perra.
—Pareces una perra en celo —le digo.
—Perdón…
—Tranquila, me encantan las perras que no se respetan. —Acaricio su cabeza, cariñoso—. Pero me apetece una buena mamada y tú no puedes dármela.
Carlota solloza a cuatro patas, con la cara aún muy cerca. Le pongo un mechón detrás de la oreja y le doy un beso en la frente.
—Seguro que Laura la chupa mejor —le digo, a modo de despedida.
Doy media vuelta. Laura está tumbada de lado, de cara hacia nosotros, y respira acompasada. Da la sensación de que duerme muy profundamente.
Subo una rodilla a su litera.
—¿Qué haces? —me advierte Carlota a mis espaldas.
—¿Tienes celos? —le digo, riéndome.
Acerco la polla a los labios entreabiertos de Laura. Presiono con el glande en su labio inferior y lo doblo hacia abajo. Después hago lo propio con el superior. Poco a poco me abro espacio entre ambos.
Siento el calor y la humedad de su boca. Ha estado salivando. Pero continúa durmiendo, por lo menos lo parece. Los ojos se me han acostumbrado a la oscuridad y veo que ella los tiene cerrados.
—Incluso dormida la chupa mejor que tú —le digo a Carlota.
—Pues vale…
—Se nota que tiene práctica, la muy zorra abre la boca inconscientemente.
La tiene lo bastante abierta como para que pueda penetrársela. A medida que me voy moviendo, con ritmo pero con cuidado para no despertarla, ella comienza a respirar diferente. Inspira y expira como si de algún modo supiera lo que está pasando.
—Laura, o estás despierta o has chupado demasiadas pollas.
Ignora lo que le digo, por supuesto.
—Carlota, pásame el móvil —le ordeno.
—¿Qué vas a hacer?
—Un vídeo.
Aunque se muestra disconforme, me lo tiende en seguida y al cabo de unos segundos, antes siquiera de que empiece a grabar, se acerca para verlo.
—Conmigo eras más duro —se queja con una sonrisa traviesa.
Intuyo que quiere venganza, necesita que otra sufra lo mismo que ella, y mejor si es Laura, que la ha ninguneado desde que llegamos al hostel.
—Dame tiempo, no quiero que se despierte aún —le explico.
Pongo el móvil en posición horizontal, a suficiente altura para captar bien la cara de Laura y mi polla entera, que desaparece hasta la mitad a medida que se la meto en la boca. Como sospechaba, antes de que empiece a grabar Laura se tapa con una mano. De repente se aparta, sobresaltada y cabreadísima.
Demasiado cabreada para haber estado haciéndose la dormida.
—¿Qué haces? —me grita histérica.
—Lo que tú querías que hiciera.
—¡¿Tú estás loco, puto enfermo?!
Intenta salir de la cama. Pero consigo atraparla por un brazo y la lanzo de nuevo sobre el colchón. La agarro por el pelo para que me mire.
—¿Te haces la dormida y ahora vas de víctima?
—Tú flipas, tío —se ríe, ansiosa—. ¿Y tú qué? —le grita a Carlota.
—A ella la dejas en paz —le advierto, tensando mis nudillos contra su cráneo a medida que le retuerzo el cabello—. Tú tampoco la has ayudado, solo te has hecho la dormida. Sé que nos espiabas tocándote.
—¿Pero qué coño dices?
Sin mediar palabra, le meto la mano en los pantalones de pijama y me encuentro con que está tan mojada que hasta se le nota en el vello, lo que me confirma que a quien había oído masturbándose era a ella.
—¿Tienes algo que decir a esto? —me rio, hurgando entre sus muslos.
—Suéltame. —Se retuerce en vano.
—¿Vas de digna después de que te follara la boca?
—Que me sueltes —repite.
—Oye, déjala ya… —tercia Carlota, pellizcándome la manga.
—Te pasas de buena —le digo—. ¿Vas a defenderla después de que siempre te trate como una mierda? Tendrías que ser más cabrona, como ella, que ha visto lo mal que te lo he hecho pasar y no ha hecho nada por ayudarte.
Carlota se aparta un poco, soltándome el brazo.
—Laura, eres una hija de puta, ¿lo sabías? —Zarandeo su cabeza afirmativamente—. ¿Te has metido los dedos viendo cómo me follaba a Carlota? Te ponía ver cómo la maltrataba, ¿eh? —Vuelvo a sacudirla—. Ahora te toca a ti.
—Voy a chillar —me amenaza.
—¿Cómo vas a chillar con mi polla en la boca?


Comentarios